martes, 26 de marzo de 2013

Huevos de Pascua.


Cuando en aquellos años se acercaba la Pascua, ese domingo más que para resucitaciones y otros ritos, para mis hermanas y para mí el único rito válido era la búsqueda de los esperados huevos de Pascua. Ya a esa edad me preguntaba porque  había que esperar un año para comerme un pedazo de chocolate con una flor de azúcar y que diga "Fel-Fort". Si la cosa me gustaba, porque no comerlo todos los viernes o los domingo ¿o todos los días?
Pero no, parecía que los huevos pascuales corren la misma suerte de la pobre sidra y del desgraciado y estacional pan dulce.
Entonces el domingo en cuestión se transformaba en un suceso anual, y como tal lo vivíamos igual que un cumpleaños o un aniversario.
Hacia poco que mi papa se había muerto. Ese rol lo había tomado un Sr. alemán el que luego a fuerza de deberes y derechos se fue convirtiendo en nuestro padre. No era un padrastro porque esa palabra tanto como madrastra sonaba terrorífica y mas propia de los cuentos que de la vida real. Las connotaciones de la misma convertían en un demonio a quien la ostentaba.
Este no era el caso, la cuestión fue que nuestro padre adoptivo, el mismo que está hoy, decidió celebrar por primera vez con su nueva familia, la legendaria búsqueda del huevo.
Claro que antes fuimos a misa, una celebración otrora muy popular pero que hoy ha caído en el olvido. Esta singular costumbre la veníamos ejercitando desde que él había llegado a casa ya que el Sr. en cuestión  era una persona de mucha fe. Ibamos a misa de pascua, de ramos, de gallo, en fin, las teníamos a todas.
Pero volvamos a ese inolvidable domingo.
El día era claro, la misa había pasado bastante lenta pero la habíamos soportado bien, en silencio y con dignidad. La vuelta a casa en el 562 fue patética, el muy turro colectivero no venía mas. Cuando al final nos depositó en la esquina de nuestra casa comenzamos a correr como desesperados hacia la puerta. Atrás venían mis padres algo mas agitados que nosotros. Seguramente por cuestiones de edad
-¡Vamos...daaaleee! Apurábamos mis hermanas y yo.
Entramos, abrimos las puertas casi a patadas y llegamos directamente al patio de casa, un pedazo de tierra verde con algunas plantas, ideal para la escondida de lo apreciados y pascuales huevos.
Nos sumergimos detrás de las plantas directo de cabeza. Buscábamos y no veíamos… ¡nada! Nuestras manos se movían rápido separando hojas, espantando sapos y corriendo de una punta a la otra del patio; incluso sacudimos la copa de un duraznero.
Hasta que de pronto y en medio del silencio de la búsqueda, una de mis hermanas lanzó una exclamación extraña...algo así como una sorpresa amargada, una alegría que se deshacía en el aire.
Todos la miramos y en su mano, encontramos algo que jamás nos hubiéramos esperado.
¡Un huevo de gallina pintado de rojo!
¿Y esto que catzo es?, preguntamos.
Medio segundo después y no repuestos aun de la sorpresa, detrás de un limonero apareció uno… ¡azul!...
Estábamos paralizados. ¿Sería un huevo de Pascua? ¿Sería algo nuevo que no entendíamos? ¿Sería una joda?
Cuando siendo yo el último, encontré uno verde, nos acercamos a nuestro nuevo padre, un ciudadano alemán que no había llegado hacía mucho a la Argentina, a preguntarle casi al borde de las lágrimas qué carajo estaba pasando.
Evitamos lo de carajo porque en esa época los niñitos no lo usaban frente a sus padres.
Entonces con los huevos en las manos
-¿Y esto qué es?
Dijimos en un afinado coro.

-¿Como que es?, nos dijo en un español sacado de una película de la II guerra mundial. -¡¡¡Huevos de Pascua!!!
-¡No!, le gritamos, esto no son huevos de pascua, queremos huevos de pascua estos son huevos de gallina, ¡metelos en la ensalada rusa!
Tardamos, creo, años en entender y aceptar que esa era un costumbre alemana y que los huevos de chocolate parecían ser una cosa argentina o latinoamericana o no sé de donde carajo, menos de Alemania, donde parece que para esa época mezclan productos de gallina con habilidades manuales propias de las amas de casa con mucho tiempo al pedo de Utilísima Satelital.
Creo que el Sr. en cuestión, nuestro padre, tardó mas que nosotros en recuperarse de la frustración que la falta de conocimiento de las mas santas costumbres argentinas le había producido.
En vano intentó imprimirle a esos huevos coloridos el interés que nosotros jamás le encontramos.
Y encima, cuando todas estas explicaciones  terminaron, andá a conseguir un huevo de pascua un domingo ídem a las 2 de la tarde...
Pero eso si, los de gallina coloridos, ni los pelamos
.


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