sábado, 15 de octubre de 2016

Lucerinda Cañumil, Lonko.

Lucerinda, la incansable  lonko que defendia los derechos de su comunidad, hoy se despidió de nosotros...
Aqui la historia de nuestro encuentro...

Los ladridos de los perros no alertaron a nadie en el paraje Chenqueniyen. 
Solo acompañaban el andar despacioso de la camioneta entrando a la propiedad de Lucerinda. Un sol casi en el cenit nos daba un templado recibimiento. Mire el lugar y vi a lo lejos unos galpones, otro mas cerca pero casi destruido y entre ellos la casa de la Lonko y su hija.
Se trataba de una vivienda sencilla, cómoda y segura.
Una montura colgada de una alambrada parecía ya olvidada de tantos galopes. ¿Sería la montura de Lucerinda…? Dicen que viajaba muy bien a caballo.
Un panel solar de color cielo turquesa daba electricidad a la vivienda.
Ya estábamos allí, en la casa de una de las autoridades mas importantes de la etnia mapuche en Río Negro. La jefa de la Comunidad Cañumil.
¿Como sería el recibimiento?..¿.Sería aceptado, podría compartir con ella alguna charla o algunas fotos?
Todo se develaría en segundos.
Sonny, mas conocedor del lugar y de la situación, se acercó a la puerta en el preciso momento en que la Lonko y su hija, Elba Quiñenao, salían a recibirnos. 
Sonny y Lucerinda se saludaron con afecto y confianza. Mas tarde sabría que Lucerinda, tiempo atrás, reconoció a Sonny como un hijo y hasta lo nombró miembro de la Comunidad Cañumil, y por supuesto, le permitió elegir las tierras que serían su hogar.
Privilegio que Sonny educadamente declinó.
Luego de los saludos me tocó el turno. 
De pronto estaba frente a una señora delgada, sencilla y firme, simplemente vestida pero orgullosamente ataviada con la ornamentación sagrada hecha en plata y que lucía en su pecho. Unos chawai (aros) le hacían juego.
Se podía reconocer en ella su autoridad… se la podía sentir.
Mirándome fijamente a los ojos y tomándome de la mano me preguntó mi nombre. El roce con su mano era cálido, amigable, agradable.
Mientras le decía mi nombre ella seguía observándome con unos ojos pacíficos.
Esto ocurrió durante varios segundos hasta que de pronto me sentí aprobado y bienvenido. Su mano seguía aferrada a la mía y de esa manera me invitó a pasar a su casa.
Fue un momento extraño, una anciana que bien podría ser una vecina del barrio era la autoridad de toda una comunidad maltratada y despojada durante años por el hombre blanco.
Y yo era el hombre blanco.

Y me estaba aceptando en su casa.

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