viernes, 28 de junio de 2013

Un Cuento de Martina Ferhmann. (16 años.)


Julio Andrada tomaba por la avenida Amancio Alcorta cada mañana, salvo los jueves. Cada vez que cruzaba por la venida pensaba lo mismo: ¿Por qué Mabel lo había abandonado? El farol de la esquina pintaba el recuerdo del día en que se dieron su primer beso y él, tímidamente, se animaba a deslizarle la mano por debajo de la remera. Con tan sólo dieciséis años tenía su primera sensación de amor.
Pero ahora la realidad era distinta. Un fracasado de la vida en todos los aspectos, desde su trabajo de negro en una fábrica de ropa interior femenina hasta la pensión solitaria en la que vivía por que su mujer lo había dejado.

-      Que hija de puta que es Mabel, dí todo por ella.
-      Ya está Julio, una mina más, una mina menos. No te hagas mala sangre-intentaba consolarlo Hernán, su mejor amigo.
-      Ella no era una más. Desde los dieciséis que estábamos juntos, y me dejó de un día para el otro.
-      ¿Por qué no te conseguís una loca?-le dijo con un tono lujurioso-Mirá que yo conozco una, me contaron que es buena.

Julio quedó desconcertado en el intento de bar rústico en el que se encontraban. Parecía como si su dueño nunca hubiese invertido un mango ahí, total los borrachos no prestan atención en donde están, mientras que tengan que tomar, estaban conformes.

-      Che -Hernán lo golpea en el brazo.
-      ¿Qué?
-      Tenélo en cuenta.
-      ¿Vos escuchás lo que estás diciendo? No estoy para eso, dejáte de joder.

Y decepcionado por los consejos de su amigo tomó rumbo hacia su casa.
Definitivamente Pompeya era un lindo barrio. Casas bajas, muy cada tanto un edificio, los clásicos tangueros en las veredas. Sí, era lindo. Aunque para Andrada ya no era tan así. Había perdido su esencia.

Llegó a su casa en Monasterio 69, caminó a lo largo del pasillo que lo separaba de la calle hasta su puerta despintada. No tenía que hacer, ya no tenía cable y apenas unas señales borrosas de la televisión por aire. La casa estaba iluminada por una sola bombita de 40 watts, lo que la hacía más deprimente. En la heladera apenas había un tomate que comenzaba a pudrirse... Sin nada por hacer, lo único entretenido que quedaba era pensar, pero estaba cansado de hacerlo.
Las propuestas de Hernán le daban vueltas en la cabeza. En el fondo tenía razón ¿Para qué seguir despechado por alguien que no valía la pena? Y cansado de masturbarse en la soledad se dio cuenta que necesitaba algo más.

Salió decidido. Bueno, no realmente. Perecía decidido pero por dentro los nervios le carcomían los órganos. Caminaba intentando que no descubrieran hacia donde se dirigía. Un par de cuadras por Cachi, dos por Colmos y finalmente Falucho, la calle de su próxima parada. Era una calle cortada y era evidente que los que andaban por ahí iban o venían del cabarulo del fondo.
-      Si seré mas boludo yo, ¿para qué vine?, pensó. La respuesta sólo él la sabía.

Pero ahí estaba. Parado frente de una puerta roja que decía “Bacarat “, el Puti-Club más conocido de Pompeya. Cobró coraje y golpeó la puerta. Una gordita de estatura mediana con ropa provocadora, con un escote hasta el ombligo, que no iba a llegar a ser otra cosa en un lugar así, le abrió la puerta.
-      Hola Papito.- le dijo tomándolo de la cintura y le mostrándole el camino hacia el mostrador. –Ay te noto tenso bombón.
-      No, para nada…
-      ¿Qué estas buscando, papi…?
-      Quiero una mujer- quiso sonar decidió pero era obvio porque estaba ahí.
-      Se nota que es tu primera vez- le dijo ella al oído dejando escapar una sonrisa- Lo que estás necesitando nosotras lo tenemos.
Julio tomando valor le dijo:
-      Busco a Daiana- Al fin sonó seguro.
-      Ahora está ocupada, tomá asiento y en breve es toda tuya.
Julio se acomodó en un sillón. Amagó a agarrar una revista pero todas decían algo sobre el sexo o posiciones del Kamasutra y eran demasiados los nervios como para ponerse a estudiarlas.
La puerta número cuatro se abrió de pronto, de ella salió un pendejo de unos veintitrés años aproximadamente y con él una voz dulce desde adentro que decía:
-      Es tu turno Julito.
Dudando si entrar o salir corriendo optó por entrar. Daiana era una linda chica, con buen cuerpo y una mirada encantadora. Apenas acababa de ingresar, ella estaba casi desnuda, con un conjunto que reconocía perfectamente, de los que hacían en su fábrica, uno de sus favoritos.
-      Relajáte. Soy Daiana.- Seguía con la misma voz dulce y pegajosa.
-      Sí, lo sé.
El ambiente comenzaba a tornarse cálido. Un par de caricias, besos, mano va, mano viene. Su piel era suave. A Julio le parecía estar reviviendo viejas sensaciones.
Después de 45 minutos que parecieron un suspiro, ella fue terminante.
-      Bueno, nene, terminó tu turno-el sonido seco de sus palabras lo derrumbaron pero lo que siguió fue peor…
-      Son ciento ochenta.
-      Está bien - le dijo tartamudeando – Yo te pago pero veníte conmigo, te juro que te voy a hacer feliz, te voy a llenar como ningún otro hombre y hacerte sentir las mejores cosas.
-      ¿Estás loco?
-       Te estoy hablando enserio, ¡escapáte conmigo! - Julio le suplicaba casi apasionadamente, extasiado, casi llorando.
-      ¿Vos te pensás que sos el único hombre en mi vida, pelotudo?
Julio no lo podía creer, hace unos minutos sentía que ella era todo lo que necesitaba para continuar su vida y de repente le nacía una sensación de odio.
-      ¡Sos una puta barata! – y con fuerza empezó a estrujarla contra la pared, sus anteriores caricias, ahora eran golpes.
-      ¡Dejáme imbécil! ¡Pará!- gritaba desesperadamente.
-      Mirá lo que me haces, me rebajo a preguntarte y no querés ¿te das cuenta?
Sus manos se fueron a su cuello y con ira comenzó a apretar…
-      Me la vas a pagar.
-   ¡Pará por favor, no puedo respirar!
Pero él apretaba cada vez más fuerte.
-      ¡Julio!
-   Te va a salir caro.

Liberó todo su enojo hasta matarla. La sostuvo un instante en sus brazos y la dejó caer al suelo. Abrió la puerta de la habitación y la voz de la gordita que le preguntaba cómo la había pasado. La música fuerte había tapado los gritos.
La miró, abrió la otra puerta y se fue.
Caminó desesperado dando pasos gigantescos por la cortada, dobló en la esquina y se echó a correr. Fueron las cuadras mas largas que había hecho en su vida. No le importaban los autos ni los semáforos, sólo quería llegar a su casa. Entró y se abalanzó anonadado sobre la cama. El corazón le latía a diez mil revoluciones, en cualquier momento se le desprendía del cuerpo.
No podía creer en lo que se había transformado.
Desde el silencio se escuchaba la sirena, era la policía, venían por él. Era el fin. Había querido complacerse con una cualquiera que lo cautivó pero ahora estaba muerta. Julio Andrada había matado a Daiana.

Cerró los ojos y sintió la piel de Daiana, el cuerpo de la chica entregado en sus manos. Andrada acariciaba el cuerpo de Daiana una vez más. ¿Pero se puede acariciar un sueño?








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